Para empezar, no pude asistir a un gran evento al que estaba invitado.
Un evento que, sin exagerar, podría calificarse de histórico; un evento de una magnitud y una trascendencia tal, que difícilmente pueda definirse con palabras, y, lo que es peor, un evento en el que había comida, detalle fundamental que hizo que mi angustia fuera aún peor y anduviera con el ánimo mas o menos al nivel de los callos durante buena parte de la jornada.
A pesar de ello, sin embargo, y haciendo gala de una entereza que solo los hombres como yo poseemos (hombres muy muy hombres, casi salvajes, primitivamente masculinos diría), en lugar de quedarme llorando en casa decidí aprovechar el tiempo y liquidar algunos asuntos que tenía pendientes.
Por eso, luego de evaluar mis prioridades, me decidí por lo mas urgente y agarré y me fui a la peluquería para arreglarme un poco las chuzas, porque ya tenía el marote como un nido de caranchos y me estaba volviendo loca.
Por desgracia, mi coiffeur o no estaba en uno de sus días mas inspirados o no entendió muy bien mi precisas instrucciones porque me cortó … a ver, como lo digo para que quede bien y no decir choto de nuevo y quedar como un ordinario….. bueno, me cortó como el ojete, lo cual, en un tipo con un atractivo físico tan imponente como el mío, equivale directamente a cometer una herejía.
Gracias a eso, ahora y hasta que la naturaleza haga su trabajo, debo tolerar ir por la vida con un corte de pelo que me deja simplemente muy lindo, en lugar de ser arrolladoramente hermoso como estoy acostumbrado.
Lo lindo de esa Feria (bah, lindo … lo único interesante) no es precisamente el hecho de que haya artesanías ni gente disfrazada con trajes típicos (eso es para las viejas), sino que cuenta con sendos stands con comidas y bebidas típicas de cada región y/o/u país, lo cual es una de las cosas que mas me gusta poder disfrutar (De hecho si alguien me diera a elegir el trabajo de mis sueños, este sería algo parecido a lo que hace Anthony Bourdain en su programa “Sin reservas” – Canal Travel & Living – Miércoles a las 23:00 hs.).
Claro que este sencillo plan contaba con un pequeño error de cálculo. Un detalle fundamental que se me pasó por alto (seguramente porque el mal corte de pelo me alteró la frecuencia de pensamiento): la gente.
No se si alguna vez lo dije, pero una de las cosas que mas me molestan y que de peor humor me ponen en el mundo son las muchedumbres. Y mucho peor si son muchedumbres así medio empelotudecidas de gente caminando despacio sin mirar por donde va, porque está embobada mirando para cualquier lado.
Obviamente era consciente de que en una Feria así iba a haber gente pero, sinceramente, no se me ocurrió pensar que habría tal cantidad.
Caminar entre los stands resultaba poco menos que insoportable.
Luego de dar un par de vueltas de reconocimiento (vueltas en las que con mi mujer fuimos sistemáticamente empujados y pisados mas veces de las que pudimos contar), y viendo que ya eran pasadas las nueve y media de la noche y el hambre comenzaba a pasar factura (porque encima fuimos sin cenar para comer ahí. Somos re locos) nos dispusimos a encarar la horrenda tarea de intentar conseguir algo para comer.
Pero no. No se podía.
En cada stand mas o menos piola, tipo el de México (en el que preparaban unos tacos que se veían increíbles), el de Irlanda (que tenía enormes chopps de cerveza negra tirada), el de Alemania (donde ofrecían unas enormes salchichas con chucrut) o el de Siria (con su clásico shawarma), había colas de no menos de treinta personas (la mitad de ellas, por supuesto, compuestas por viejas rompebolas y gente con cara de “¿A ver que hay acá?”) lo cual daba un tiempo de espera que, sin exagerar, no bajaba de los veinte minutos.
Y si hay algo que odio mas que a las muchedumbres, es tener que esperar en medio de una muchedumbre. Y encima para comer.
Luego de varios infructuosos intentos, mi mujer decidió probar suerte por su cuenta en el stand de Italia y ver si podía conseguir una pizza, cosa que logró luego de mas o menos diez o quince minutos gracias a su determinación y, especialmente, a que cuando le da hambre se pone mas caprichosa que de costumbre.
Lo interesante del caso fue que lo único italiano de la pizza (una individual bastante piojosa) era la bandera que adornaba el stand, porque por lo demás era de lo mas ordinaria (Encima lo mas “italiano” que hacía el que la preparaba era ponerle un condimento arriba del queso y luego rociarla con aceite de oliva, cosa que mi mujer le pidió que no hiciera porque, según sus palabras “Andá a saber que es eso que le pone, capaz que es picante y no me gusta”).
Yo, a esa altura, entre que no podía comer lo que quería, y ya estaba podrido de caminar entre tanta gente, me iba poniendo cada vez de peor humor, así que antes de encularme del todo y empezar a romper cosas o pegarle un voleo la próxima vieja que me chocara me armé de paciencia, fui al stand de Brasil, esperé, esperé, y me compré una caipirinha (porque no me pensaba ir sin tomarme aunque sea una).
Y esa fue mi única satisfacción de la noche.
Por lo demás, fui con toda la ilusión de atiborrarme de comidas regionales, y lo único que terminé comiendo fue un “exótico” choripán. (Bueno, en realidad uno y cuarto, porque cuando estaba esperando en la fila para comprarlo mi mujer me dijo que comprara dos porque solo había comido un pedacito de la pizza que se compró ella y con uno seguro me quedaba con hambre, así que le hice caso, me compré dos y le di uno a ella para que me lo tenga mientras yo daba cuenta del primero. Ella lo mira, le da un mordisquito y luego de decir “Uh que bueno que está esto” ese supuesto segundo choripán destinado a que yo no me quedara con hambre comenzó a desaparecer lentamente entre sus manos hasta quedar reducido a tan solo unos pocos centímetros).
Luego de eso, con mas hambre que satisfacción (al menos en mi caso) vimos un ratito un recital de música celta y, como la cosa ya no daba para mas y cada vez parecía haber mas gente, nos fuimos a casa.
En conclusión, la Feria está muy bien. Cada año la ponen un poco mejor, se ve que hay esfuerzo, todo muy lindo, todo muy vistoso, todo muy familiar, pero yo me fui re caliente y con hambre
Y la gente, como siempre, lo arruina todo.
Parece que no entienden que cuando llego yo deben abrirme paso como si fuera Moisés ante el Mar Rojo. No entiendo. No es tan difícil.
Pero bueno, igual el año que viene pienso volver, porque me quedaron varias cuentas gastronómicas pendientes y no lo pienso dejar así.
Y lo voy avisando desde ahora: Voy a ir y voy a darme el gusto de comer todo lo que quiera, aunque tenga que ir armado con un palo para abrirme espacio.
Así que ya lo saben. Córranse.













