jueves, 20 de diciembre de 2007

Fin de año party (Se va la segunda...)

Antes que nada quisiera aclarar (porque seguro que mas de uno habrá pensado que no actualizo por estar embobado como un zombie frente a mi flamante consola de juegos) que el retraso simplemente se debió a causas de fuerza mayor (como por ejemplo el hecho de que no tenía ni un poquito de ganas de escribir) y nada mas, así que ya pueden ir arrepintiéndose de ser tan malpensados y enviarme sus disculpas por mail.
Hecha esta salvedad, paso a relatar, tal y como lo había anticipado, los hechos acontecidos durante la segunda fiesta de despedida de año ofrecida por la "Institución" a la que asistí el sábado pasado.
(Aclaración: Concurro a dos fiestas no porque sea un pirata festicholero borracho y degenerado siempre dispuesto a morfar de arriba, sino porque, aunque la Institución sea la misma, el primer evento es para el personal de la Central (donde yo tengo el desagrado de trabajar hoy) y los invitados del interior del país, mientras que este segundo ágape lo brinda la Seccional de la Provincia de Buenos Aires (donde yo me inicié y trabajé durante un año y medio, antes de ser trasladado aquí).
O sea, voy por una cuestión de protocolo, educación, o como gusten llamarlo (Y si … también de paso porque hay buen morfi y es gratarola).
El caso es que no fue muy muy distinta a la primera fundamentalmente porque los organizadores y, por ende, los que ponen la tarasca, son casi los mismos y tienen menos imaginación que una ojota.
La mayor diferencia fue que esta vez, a último momento, sorpresivamente, y por causas que aún se desconocen (y que han disparado las mas extravagantes hipótesis entre el personal siempre dispuesto a hablar de aquello de lo que no tiene ni la mas puta idea), se cambió el lugar de realización y se decidió hacerla en un predio muy paquete ubicado en la ribera quilmeña, en lugar de utilizar alguna de las instalaciones propias.
Vaya uno a saber que cuernos pasó, quien se metió, o que pollera ejerció presión; lo cierto es que en mi opinión fue un cambio bastante favorable.
La recepción, por empezar, fue al aire libre. Muy linda, bien armada, con una generosísima mesa de exquisitos mariscos, mesa de quesos, barra libre, una pata de jamón crudo que era hábilmente fileteada por un experto, y muchas otras tantas delicias que solo pude darme el gusto de probar apenas porque por supuesto, como saben, ahora no puedo comer como antes (aclaro que cuando podía comer sin restricciones, el menú de estas fiestas nunca iba mas allá de empanadas, sanguches de miga de jamón y queso, y pollo frío. Son unos hijos de puta).
En fin, estuvo todo muy prolijo (salvo por algunos comensales que parecían venidos de Kosovo y comían como si fueran a ser fusilados a las cinco de la tarde), y casi demasiado elegante para ciertas caras que podían observarse pululando por ahí, y que no se sabía bien si eran invitados o terroristas a punto de tomar las instalaciones.
Pero como no los quiero aburrir con los detalles gastronómicos que después de todo no son tan interesantes (aunque puede que ya sea demasiado tarde), paso derecho a lo verdaderamente importante. Al momento TOP de la jornada. A ese hecho que marca la diferencia entre una simple fiesta laboral y un rutilante espectáculo del mas alto nivel.
Me refiero, claro, al artista invitado.
Como si no hubiera sido suficiente tortura haber tenido que presenciar en vivo, tan solo tres días antes, el show de Pocho La Pantera (¡¡¡¡Eseee nommbbbreeeeee!!!!), y aún sin recuperarme de aquel mal trago, esta vez tuve que fumarme, así nomás, casi una hora de Ricky Maravilla.
Porque, señores, sépanlo, yo me codeo con gente así, llena de glamour.
El tipo este apareció enfundado en un trajecito medio violeta tornasolado, tan grasa que casi me desvanezco. Parecía un paquete de pastillas el hijo de puta.
Lo acompañaban tres tremendos gatienzos a quienes llamaba "Las Rickitas", vestidas con diminutos vestiditos rojos, y que movían sus prominentes culos y sacudían sus artificiales pechos al compás de ese ruido inmundo al que ellos llaman música, para deleite y enajenación de la platea masculina que vociferaba entre risas alcoholizadas toda clase de cosas de dudoso buen gusto.
El enano desagradable comenzó su presentación con el tema ese ridículo del camarón que se duerme o que se yo, y se puso a hacer todos esos movimientos tan estúpidos que lo caracterizan como ser sacudirse el flequillo, mover el culo y levantar los dedos.
Fue enseguida acompañado con palmas por toda la mersada presente (menos por mi que estaba con cara de orto pensando si quedaría muy mal que le saltara encima y empezara a pegarle como enloquecido), y obviamente en segundos apareció la primer pareja de baile en la pista.
A partir de ahí hubo que soportar mas o menos media hora de sus "hits". Uno tras otro. Sin Heapatalgina. Sin anestesia. Sin respeto por el arte y la música.
Todavía resuena en mis oídos la poesía en los versos de "Cuidado, cuidado… Cuidado con la bomba Chita", o "A mi me llaman El Hombre Gato" y el infaltable "Que tendrá ese petiso".
Lo peor de todo, si es que podía haber algo peor que escucharlo cantar, es que se las daba de showman.
O sea, entre tema y tema, el horrible gnomo intentaba, sin éxito, decir cosas graciosas y hacerse el vivo acercándose a las mesas y hablando con alguno del público (Y no. No se acercó a mi mesa. Si lo hubiera hecho hoy yo estaría declarando en un juzgado y no escribiendo esto).
También, como no podía fallar, se encargó de saludar y abrazarse a los directivos llamándolos "mis amigos" (aunque no sabía el nombre de ninguno), y hasta tuvo el tupé de declarar muy convencido que la próxima vez iba a volver pero como Gobernador de Salta (Me reiría, pero en este país todo es posible. Este corso da para todo…).
Pero la cosa no termina ahí, lamentablemente.
No conforme con todo lo que ya había molestado, encima organizó un "concurso de imitación de Ricky Maravilla" (porque además ese buñuelo con traje se cree que es algo digno de ser imitado) en el cual un grupo de voluntarios sin el mas mínimo sentido de la vergüenza, el ridículo, y que probablemente no tengan una familia que los contenga, debía imitar una secuencia de esos movimientos mamarrachescos que Ricky Wonder suele hacer.
No voy a entrar en detalles, pero solo diré que: primero, no puedo creer que ninguno lo haya sabido hacer bien siendo que era una pelotudez grande como un rancho, lo cual me hace dudar seriamente del nivel mental de los participantes; y segundo, yo antes de prestarme a hacer semejante papelón en público prefiero que me maten. En serio.
Sinceramente no se que pasaría por las cabezas de los que se ofrecieron a hacer esa fantochada delante de tanta gente. No se si admirarlos, sentir pena, o condenarlos a la hoguera por infieles.
Luego del penoso espectáculo, el baile prosiguió su curso, incrementando a cada momento su nivel de ridiculez en forma directamente proporcional al grado de alcoholemia de los bailarines, motivados a su vez por las molestas indicaciones que impartía el "artista" desde el escenario.
Y aquí quiero hacer una observación.
Puede que yo no sea la persona mas divertida del mundo, pero como lo comenté en el artículo anterior, nunca entendí la gracia de hacer el "trencito". Me parece algo tan pelotudo y tan poco gracioso, que directamente me pone de mal humor hasta presenciarlo.
Esta vez, además, también se hicieron rondas, túneles y otros tantos movimientos de ese estilo cooperativo, los cuales, ejecutados por un montón de personas adultas que ríen como desquiciadas, me representa un espectáculo que linda con lo deprimente.
Sinceramente traté de verle la gracia, pero no pude. Por mas vueltas que le di, la conclusión fue siempre la misma: es una pelotudez.
En fin.
Todo ese delirio duró aproximadamente unos veinte minutos mas, hasta que finalmente y para beneplácito y felicidad de mis oídos, llegó el momento de la despedida.
Una vez mas fui asombrado testigo de las largas colas para fotografiarse con el Hobbit, que ante cada requisitoria accedía adoptando la misma postura: cara de boludo sonriente, medio agachadito y elevando los brazos flexionados con los dedos índices extendidos como señalando el techo. Un pelotudo.
Terminada esa paparruchada musical, llegó el momento del helado, como para pasar tanto mal gusto con algo dulce y rico, y para sorpresa de todos un segundo número un poco mas agradable: la presencia del famosísimo Ever Ludueña, que se despachó con un monólogo, por momentos, muy gracioso y entretenido (sobre todo en la parte en la que relata sus días de futbolista, porque me sentí muy identificado).
Por supuesto este pobre hombre tampoco pudo escapar, al terminar su acto, de la jauría de ebrios insoportables que lo rodearon para sacarse una foto, abrazarlo, besarlo, y hacerle preguntas estúpidas. Pobre tipo. Estuvo como una hora abrazando desconocidos con olor a chivo.
Ya bien entrada la tarde (en realidad eran como las cinco) llegaron los champagnes, el momento del brindis, y el infaltable discurso de nuestro benemérito Señor Presidente, quien a esa altura de la velada ya se había tomado la presión, el agua de los floreros y hasta el agua de las peceras.
Se cortó la música, y se solicitó silencio a todos los presentes.
Nuestro bienamado líder, no sin dificultad, caminó hasta el centro de la pista, tomó el micrófono como si fuera un Conogol, y balbuceó dos o tres frases ininteligibles que nadie, pero absolutamente nadie entendió (hasta dudo que él mismo sepa lo que dijo) pero que todos aplaudieron a rabiar mirándolo con su mejor sonrisa como buenos forros lameculos que son. Luego, sacudió la cabeza un par de veces cerrando los ojos de manera muy extraña, se emocionó y dio por finalizado el discurso, por lo que de inmediato se vio cercado por decenas de ignotos delegados que se peleaban por abrazarlo, darle ánimos, decirle que era lindo, y hacerse ver con la vaga esperanza de que de esa manera serían reconocidos y lograrían que el Presi les tire un hueso o les consiga un carguito. Gente miserable que se le dice.
A partir de ese momento todo lo que quedaba era seguir viendo como la concurrencia iba decayendo mas y mas, seguir escuchando esa horrenda música cuartetera, cumbianchera y atroz, y comenzar a evadir los saludos de la horda de borrachos insufribles que quedaban dando vueltas por ahí creyéndose que somos todos amigos y que a uno le gusta que lo anden abrazando; por lo que me pareció el momento perfecto para tomármelas raudamente, saludando a la menor cantidad de gente posible.
La tarde era joven, y yo tenía que comprar los regalos de Navidad.

Y así fue.

Creo que esto califica como uno de los artículos mas aburridos que he escrito, pero bueno, a veces pasa.
Todo no se puede.
No es mi culpa que hagan fiestas tan aburridas y que yo ya no pueda beber como solía hacerlo, lo cual garantizaría relatos mucho mas interesantes, comprometidos, peligrosos y divertidos.

Peor es nada. O no. No se.

Que se yo. Felicidades.

4 comentarios:

Bugman dijo...

Hágame acordar que si algún día mi empresa crece lo suficiente como para organizar esta clase de eventos fideañeros, lo contrate a usted como atracción principal.

Renegado dijo...

Bugman: No se lo aconsejo. No soy una persona muy divertida que digamos.
Eso si. Si hay buen catering y me invita a comer, voy seguro.
Saludos.

El Profe dijo...

Es increible que alguien —persona física o corporativa— que organiza una reunión de esa naturaleza, tenga un gusto relativamente agradable en cuanto al morfi y un gusto más estropeado que el pellejo de Moria Casán para el "show artístico" Bueno, lo reitero: eres un mártir. ¡Felicidades Renegoncito!

Renegado dijo...

Profe: Por lo menos ahora mejoraron la comida. Antes era todo malo. De a poco van aprendiendo, lo que pasa es que son medio lentos.
Y mientras siga habiendo buena comida yo seguiré siendo un mártir y asistiendo cada vez que pueda.
Saludos y felicidades.